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Quantum of Solace: oportunidad desperdiciada - Por DONOVAN MAYNE-NICHOLLS

La serie de James Bond ha sobrevivido la inusitada cifra de 46 años y es sólo recientemente (en su última década) que ha adquirido aceptación canónica. Ya nadie vaticina que la más reciente entrega será la última ni que esto no puede durar eternamente. Esta longevidad ha conllevado una mutación, absorbiendo influencias de otros géneros para sobrevivir y en ocasiones llegando a callejones sin salida, lo que a su vez a obligado a mirar hacia atrás y recordar de donde veníamos para poder seguir ade

Casino Royale (Martin Campbell, 2006) significó la apuesta más arriesgada de la serie al retomar conscientemente el espíritu original de los textos de Ian Fleming y desechar los clichés menos afortunados adquiridos durante la encarnación cinematográfica del personaje. Quantum of Solace resulta particularmente decepcionante al seguir tan ilustres pasos. El rotundo éxito de su predecesora ha puesto como nunca antes a la serie en el ojo de Hollywood y la intromisión se nota. QOS es probablemente la más estadounidense de toda la serie: vertiginosamente rápida y superficial, es el tipo de producto que existe gracias al currículum pasado y no a méritos propios.

La cinta es lo suficientemente ágil y entretenida como para suspender el espíritu crítico durante sus 105 minutos de duración. Una vez abandonada la sala, eso sí, es muy poco lo que se queda grabado en la retina. El culpable principal aquí es claramente el sobrevalorado Marc Forster. Tan cineasta europeo como Ang Lee lo es asiático, Forster se ha ganado una reputación de autor en un país cuya industria no produce arte con cintas formalmente logradas mas frías e intrascendentes (Finding Neverland, Stranger Than Fiction). También como Lee, se ha paseado por una serie de géneros sin demostrar particular empatía con ninguno. Forster representa cabalmente la tendencia posmodernista del perpetuo movimiento sin rumbo definido, el cambio por el cambio. Donde antes las películas de espionaje dependían de directores de género, hoy les son entregadas a universitarios pedantes sin interés en la historia que están narrando.

Como Fernando Meirelles en The Constant Gardener (2005), Forster no demuestra interés alguno en la trama política que se le encargó, sacrificando diálogo expositivo en el cuarto de montaje en su afán de llegar al final rápido y deshacerse del encargo lo antes posible. El montaje es particularmente torpe, con dos editores trabajando en forma totalmente descordinada. Las escenas de acción a cargo de Richard Pearson y Dan Bradley son idénticas a las de la mediocre secuela The Bourne Supremacy (Paul Greengrass, 2004). Como en The World is not Enough (1999), la otra película de la serie encargada a un director “serio” (Michael Apted), Forster es incapaz de controlar a su director de segunda unidad y la diferencia de estilos es obvia.

Sólo en las escenas dramáticas se siente que Forster está cómodo y es una lástima que el resto de la película no esté a la misma altura. El director logra sacarle brillo al gran Giancarlo Giannini, un actor criminalmente desperdiciado por los directores anglosajones, pero nunca se detiene lo suficiente como para dejar que la película “respire”. QOS no necesitaba ser una película demasiado larga, pero podría haber sido una entrega satisfactoria con sólo diez minutos más de metraje. En su estado final se siente trunca y apresurada, sacrificando mucho de lo que diferencia a la serie de la típica oferta de acción gringa. Por una vez, vaya y pase, pero a los productores Michael Wilson y Barbara Broccoli más les vale esforzarse más para la próxima entrega, o Bond terminará haciéndose tan genérico que la necesidad de su existencia podría volver a verse cuestionada.

Donovan Mayne-Nicholls