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Casino Royale Novela cumple 64 años.


Aqui dejamos el cpìtulo 1 de la primer novela de Ian Fleming


Casino Royale
de
Ian Fleming
Traducciòn de Isabel Llasat
Suma de Letras, S. L. Barcelona, 2003.


Capitulo 1 El agente secreto
El olor, el humo y el sudor de un casino son nauseabundos a las tres de la mañana. La erosión del alma que producen las grandes apuestas —
un oscuro compuesto de avaricia, miedo y tensión nerviosa— se hace entonces insoportable, y los sentidos se despiertan y se rebelan.
James Bond se dio cuenta de que estaba cansado. Siempre sabía cuándo su cuerpo o su cabeza habían tenido suficiente y entonces actuaba en consecuencia.
Así evitaba el tedio y el embotamiento de los sentidos que alimentan los errores.


Se retiró discretamente de la ruleta en que había estado jugando y fue a detenerse un momento ante la baranda dorada que cercaba, a la altura del pecho,
la mesa principal de la salle privée*.


Le Chiffre** seguía jugando y, al parecer, también ganando. Ante él había un desordenado montón [7] de placas jaspeadas de cien mil francos y, a la sombra
de su grueso brazo izquierdo, anidaba una discreta pila de placas amarillas más grandes de medio millón de francos cada una.


Bond se quedó observando aquel curioso e impresionante perfil. Luego encogió los hombros para aligerar sus pensamientos y se alejó de allí.
La caisse* estaba rodeada por una barrera que llegaba a la altura del mentón, y el caissier** (que solía ser un empleado de banco de poco rango,
se sentaba en su interior en un taburete y extraía fichas y billetes de sus respectivos montones, ordenados en estantes tras la barrera protectora,
a la altura de la ingle del público) tenía una porra y una escopeta para protegerse. Saltar la barrera, robar algunos billetes, volver a saltarla y
salir del casino a través de pasillos y puertas habría sido imposible. Además, los cajeros solían trabajar de dos en dos.


Bond reflexionaba sobre todo eso mientras recogía un fajo de billetes de cien mil francos y varios de billetes de diez mil. Con otra parte de la mente
imaginó la reunión ordinaria que celebraría la dirección del casino a la mañana siguiente:


»—Monsieur Le Chiffre ganó dos millones; jugó como siempre. Miss Fairchild ganó un millón en una hora: copó la banca tres veces a monsieur Le Chiffre en
una hora y se marchó. jugó con frialdad. Monsieur le vicomte*** de Villorin ganó un millón [8] doscientos mil en la ruleta; hizo apuestas máximas en la primera
y la tercera docenas* y tuvo suerte. Por su parte, el inglés, mister Bond, aumentó sus ganancias exactamente tres millones en dos días. Aplicó un sistema de juego
progresivo en los rojos de la mesa cinco; Duclos, el chef de partie**, tiene los detalles. Es un jugador perseverante que hace apuestas máximas y tiene suerte y
buenos nervios. En la soirée*** de ayer, las mesas de chemin de fer**** hicieron x dinero; las de bacarrá, y; las de ruleta, z. La mesa de boule***** volvió a tener
pocos clientes, pero sigue cubriendo gastos.


»—Merci, monsieur Xavier.******
»—Merci, monsieur le President*******».


O algo así, pensó Bond mientras empujaba la puerta de batiente de la salle privée y se despedía con un gesto de la cabeza de un hombre vestido de etiqueta y con
expresión aburrida. Era el encargado de impedir que entrara o saliera nadie pulsando un interruptor de pie que bloqueaba la puerta al menor indicio de problemas.


La dirección del casino haría balance, disolvería la reunión y sus integrantes se irían a casa o comerían en alguna cafetería.
En cuanto a lo de asaltar la caja —algo que a Bond no le concernía personalmente, tan sólo le interesaba—, pensó que harían falta diez buenos profesionales, los
cuales, con toda seguridad, tendrían que matar a un empleado o dos; en cualquier caso, sería casi imposible encontrar, ni en Francia ni en ningún otro país del mundo,
a diez asesinos que no se fueran de la lengua.


Mientras daba mil francos en el vestiaire* y descendía por la escalinata del casino, Bond concluyó que Le Chiffre, bajo ningún concepto, intentaría asaltar la caja y
apartó esa posibilidad de su mente. Prefirió explorar las sensaciones físicas que lo invadían: sintió la seca e incómoda gravilla bajo los zapatos de vestir, el
desagradable y amargo sabor de boca y el principio de sudor en las axilas; sentía la presión de los ojos contra las cuencas y el en t o r n o d e l a n a r i z _________
congestionado. Aspiró a fondo el dulce aire de la noche y aguzó los sentidos y su capacidad de percepción. Quería saber si alguien había registrado su habitación
desde que la había dejado antes de cenar.


Cruzó el ancho bulevar y los jardines que llevaban al hotel Splendide. Sonrió al recepcionista que le tendía la llave —habitación 45, primera planta— y cogió el
telegrama.
Procedía de Jamaica y decía:

KINGSTONJA XXXX XXXYXX XXXX XXX


BOND SPLENDIDE ROYALE-les-EAUX SEINE INFERIEURE PRODUCCIÓN DE HABANOS TODAS FÁBRICAS CUBANAS 1915 DIEZ MILLONES REPITO DIEZ MILLONES STOP ESPERO SEA CIFRA DESEADA
SALUDOS DASILVA


Esto significaba que los diez millones de francos estaban en camino. Era la respuesta a una solicitud que Bond había enviado aquella misma tarde a través de París
a su central de Londres pidiendo más fondos. París había contactado con Londres, donde Clements, el jefe del departamento de Bond, había hablado con M, quien, con
una sonrisa irónica, ordenó a El Corredor que lo arreglara con tesorería.


Como Bond había trabajado en una ocasión en Jamaica, su tapadera en el caso Royale era hacerse pasar por un acaudalado cliente de Messrs Caffery, la principal empresa
de importación—exportación de aquel país. Así pues, lo controlaban vía Jamaica, a través de un hombre taciturno que era jefe de la sección gráfica del Daily Gleaner,
el famoso periódico del Caribe.


El hombre del Gleaner, llamado Fawcett, había sido contable de uno de los criaderos de tortugas más importantes de las Islas Caimán. Fue uno de los habitantes de aquel
las islas que se presentaron voluntarios al comienzo de la guerra, y acabó trabajando en la sección contable de una pequeña organización de Inteligencia naval de Malta
. Al final de la guerra, cuando, muy a su pesar, tenía que regresar a las Caimán, [11] fue captado por la sección del Servicio Secreto para el Caribe. Le enseñaron
cuanto pudieron de fotografía y de algunas otras artes y, con la callada connivencia de un hombre influyente en Jamaica, llegó hasta la sección gráfica del Gleaner.

Cuando no examinaba fotografías enviadas por las grandes agencias —Keystone, Wide—World, Universal, INP y Reuter-Photo—, recibía perentorias instrucciones telefónicas
de un hombre a quien no conocía para que efectuara ciertas operaciones sencillas que sólo requerían absoluta discreción, rapidez y precisión. Por esos servicios
ocasionales cobraba veinte libras al mes, que le eran ingresadas en su cuenta del Royal Bank of Canada por un pariente ficticio de Inglaterra.

La misión actual de Fawcett era reenviar de inmediato a Bond, con tarifa preferente, el texto de los mensajes telefónicos que él recibía en su casa de su contacto
anónimo. Éste le había dicho que nada de cuanto se le pidiera que enviase despertaría las sospechas del servicio de correos jamaicano. Por eso no le sorprendió verse
nombrado, de la noche a la mañana, corresponsal de la «Agencia de prensa gráfica marítima», con servicio contra reembolso de recogida de prensa para Francia e
Inglaterra y cobrando a cambio otras diez libras mensuales.


Fawcett se sintió seguro y alentado, pensó en la Medalla del Imperio Británico y pagó el primer plazo de un Morris Minor. También se compró una visera verde, de la
cual hacía t