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Solo para sus ojos

Profesor Esteban Giménez

Era un joven de 19 años cuando el 007 de Sean Connery me sedujo y marcó mi juventud con la impronta de los que seríamos, a lo largo de nuestras vidas, fieles seguidores de las aventuras del agente secreto más famoso del cine mundial; era como sentir que —desde la lejana Buenos Aires— estábamos Al Servicio Secreto de Su Majestad.

No poca sorpresa y desazón me produjo la despedida de sir Connery del personaje que lo había llevado a la fama. Era cuestión de esperar y acertar cuál de los nombres que circulaba para reemplazarlo sería el afortunado. George Lazenby fue el elegido, pero su reinado duró menos que el matrimonio de Bond. Otra vez a conjeturar y esperar. ¿Quién será —esta vez— el elegido? Y resultó ser Roger Moore, que despojado de sus personalidades tan diversas (Ivanhoe, El Santo, Dos tipos audaces) iba a encarnar al espía más famoso.

Debo admitir que, al principio, yo y muchos de mis compañeros de entonces sentíamos cierta resistencia a ‘entregarnos’ de cuerpo y alma a alguien que venía a ocupar el lugar de un personaje que nosotros suponíamos que sería inmortal (lo mismo que nos sucedía con algún abuelo, una maestra o el doctor de la familia), no concebíamos que no estuviera más. El tiempo, que es un verdugo implacable, nos demostraría a lo largo de nuestras vidas que la realidad es más cruda que algunas ficciones. Pero, el correr de los años nos convenció de que ese Bond juguetón, seductor y aguerrido se iría a meter en nuestros corazones con firmeza y —otra vez— creíamos que ese era el definitivo. Y lo fue, la mayor cantidad de veces que un actor interpretó ese rol. Sus películas (no voy a enumerar títulos y menos en este lugar) estuvieron llenas de picardía, glamour, belleza y contundencia; sus aventuras estuvieron enmarcadas por melodías inolvidables nacidas de las plumas de creadores consagrados y todos brindaron su aporte para que Roger Moore se luciera más aun, no importa si se llamaba John Barry, George Martin, Marvin Hamlisch o Bill Conti…

Y él también se fue… Se fue a seguir su carrera, agradeciéndole a la vida haber podido componer un personaje que no lo abandonaría jamás (convengamos en que luego de dejar a Bond, cada vez que lo veíamos en otro film, no podíamos dejar de imaginarlo como 007).

Hoy, en cambio, el adiós es definitivo; ya no estamos esperando a quien lo reemplace ni hacemos conjeturas. Simplemente, tenemos que decirle ’Adiós, sir Roger Moore’… ‘Gracias por todo, 007’.


Profesor Esteban Giménez