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¿Por qué me gusta tanto James Bond?

Siempre que me hacían esa pregunta no supe que contestar, porque la verdad, nunca supe qué fue lo que tanto me atrajo del personaje que Ian Fleming plasmó en unas cuantas hojas allá por 1951 en Jamaica, y los productores Saltzman y Broccoli en una descomunal pantalla de cine en Londres en 1962.

Así es que invito al lector a realizar este descubrimiento conmigo. A que juntos descubramos por qué me gusta tanto James Bond, y que también el lector pueda entender qué es lo que a un fan tanto le atrae del agente 007. Pero cuidado, porque no a todos nos atrae Bond por lo mismo. Si bien siempre hay un "algo" que vemos en él, eso no quiere decir que todos los fans reparan siempre en la misma cualidad.

Hace dos años escribí un artículo, uno de los tantos que escribí en 2008, sobre mis diez años con James Bond. En él contaba los acontecimientos de mi vida y mientras tanto, excplicaba cómo Bond había formado parte de ella, desde que vi GoldenEye por TV hasta meses antes del estreno de Quantum of Solace.

Esta vez no pienso aburrirlos hablando sobre mi vida. No pienso aburrirlos demasiado, pero algo de mi vida voy a tener que contar para que la gente pueda entender por qué me gusta tanto James Bond.

¿Qué es lo que más te gusta de James Bond? ¿Son las Chicas Bond? ¿Los villanos? ¿Los gadgets? ....

Podemos sacar de la lista los tres primeros rubros. Si, tal vez ahora, como buen adolescente/pre-adulto me fije más en las Chicas Bond, así como de niño me interesaban los villanos y los gadgets...

Pero ninguna de esas cosas fueron lo primero que me atrajo de James Bond.

Lo que más me impactó del amplio mundo de 007 fue, simplemente, la imagen del protagonista. Las chicas, los gadgets y los villanos son una parte muy importante del universo de Bond, pero... imagínense un mundo con artefactos, mujeres y enemigos sin un protagonista como Bond. No sería nada, ¿no?.

Caminaba un día por la avenida Santa Fe, entre las calles Thames y Borges. En la zona de Plaza Italia dentro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ese día, mi mamá me llevaba a la colonia de vacaciones. Tenía siete años, porque sería enero de 1998 y yo cumplo años en agosto. Mientras mamá miraba artículos de belleza en una perfumería, me topo con un anuncio en la vía pública: la imagen de un hombre en esmoquin (o "saco y moñito", como decía en ese entonces), que sostenía un arma con silenciador. Ese hombre era Pierce Brosnan, y el anuncio era del estreno en TV por cable de GoldenEye, por la emisora Cinecanal.

Esa imagen la había visto antes en programas de videojuegos, cuando se hablaba de la llegada de un nuevo juego que salía para el sistema Nintendo 64. El juego que años después sería una leyenda y tendría una nueva versión casi una década después.

Pero volviendo a lo que contaba antes, eso fue lo primero que me atrajo de Bond: la imagen. Se ven muchos héroes de acción empuñando armas (Schwarzenegger, Stallone, Van Damme, para nombrar unos pocos), y se ven mucha gente vestida de esmóquin (particularmente en los '90, donde la sociedad se tomaba bastante en serio el dress code elegante). Pero díganme... ¿Cuántos héroes van a ver vestidos en esmóquin y con un arma a la vez? Pocos. Ninguno. A mi me impactó la imagen de Bond/Brosnan recortado contra un fondo blanco y negro, vestido de esmóquin y con un revólver Walther PPK silenciado.

Pasaron los años y más me atraía la imagen de Bond. Miraba de reojo a sus bellas acompañantes, me interesaba por el Rolex magnético o el Omega con rayo laser, me reía con sus frases cómicas, y prestaba especial atención a los villanos: Cómo me reía con Baron Samedi, Jaws y Nick Nack; aplaudía el carisma que tenían Carver y Trevelyan... pero Bond, ya sea Pierce Brosnan (mi favorito), Roger Moore, e incluso Sean Connery (al que tardé en querer), era lo que más se identificaba conmigo de todo el universo.

¿Quieren que vaya con más profundidad? Bien, entonces ¿Qué aspecto de la persona de Bond es la que más me atrae? Vamos a repasar un poco la persona detrás del as de los espías...

James Bond es Comandante de la Marina Real, trabaja en el MI6 o Servicio Secreto Británico... y el doble cero de su número 007 le otorga licencia para matar "donde quiera, como quiera y a quien quiera", según anunciaba la publicidad de Dr. No en 1962. Pues bien, seamos sinceros, Bond no es una personalidad digna de ser imitada. Uno no puede ir matando gente por ahí y ajustarse la corbata. No es un justiciero, como El Zorro, Batman y Superman. Es, si se quiere, un antihéroe. Un hombre que "debe ser tan frío respecto a la muerte como un cirujano" (1), según la novela Goldfinger. Pero tanto en las novelas como las películas siempre se deja justificado que Bond no disfruta de matar, y que lo hace por la brutalidad de su trabajo. En El Hombre del Revólver de Oro, 007 contesta a las provocaciones de Scaramanga diciendo que mata "bajo específicas órdenes de mi gobierno" y que "aquellos que mato son, a su vez, asesinos". Lo mismo sucede en Su Nombre es Peligro cuando su contacto lo regaña por no eliminar a una francotiradora mujer y poner en riesgo un operativo: "Sólo mato profesionales. Ella no distinguía un extremo del otro del rifle". En estos dos films, que formaron parte de mi juventud gracias a mi videoclub amigo, vemos una actitud bastante noble de alguien que supone ser, o de hecho se puede decir que es, un asesino a sueldo del gobierno.

Otra actitud de la persona de James Bond es esa mezcla de misoginia y caballerosidad que se le ha adjudicado según el actor que lo interprete. El film Goldfinger, el más popular de la saga, nos muestra a James palmeándole las nalgas a una masajista despampanante. Dos décadas después, En La Mira de los Asesinos nos mostraba un 007 que tapaba cálidamente a Stacey, su chica de turno. Es un hombre sensible: sufre la pérdida de Vesper, Paris y Tracy, y estuvo manipulado por los encantos de la malvada Elektra en El Mundo no Basta.

Cuando a los ocho años yo aparecí en el programa de TV Agrandadytos, comenté que una de las cosas que más me atraía de James Bond es que "mataba graciosamente". Me había llegado la versión de que ese comentario causó revuelo en muchos espectadores adultos, aún no sé hasta que punto es cierto, pero lo que puedo decir es que esa declaración fue totalmente tergiversada: la idea de que Bond "matara graciosamente" la dije pensando en la escena final de Vivir y dejar morir, donde Roger Moore, el Bond más simpático, le ingresa una bala de aire comprimido al villano Kananga y lo hace inflarse y estallar como un globo -y estalla literalmente como un globo, porque justamente uno de los furcios más evidentes del film de 1973 es que no hay sangre en ningún momento de dicha escena. Otro villano que "muere graciosamente" es Drax, que, tras un combate en una estación espacial, recibe un dardo envenenado de Bond y se pierde en el espacio sideral en Moonraker. Y es precisamente la actitud del agente secreto la que vuelve "graciosas" la muertes de Kananga y Drax: en el primer caso, 007 observa que el Primer Ministro de San Monique "tenía una opinion inflada de sí mismo", y en el segundo caso le dirá al fanático que "de un gran paso por la humanidad" antes de abrirle la compuerta que lo expele hacia el exterior de la estación espacial.

Volviendo a hacer referencia al tema de la vestimenta de Bond, se puede decir que su "uniforme de gala" es el esmóquin negro o blanco, o si no un traje de buena calidad: aunque hoy día los héroes de acción se vistan con musculosas que muestren sus trabajados bíceps, James Bond, incluso después del siglo XII, no deja de lado su elegancia para vestirse ni sus refinados gustos. Jamás veremos a Bond usando una musculosa o una remera estampada, o entrando al casino en pantalón corto y sandalias. Desde 1962 hasta los días de hoy, Bond es un personaje que no sólo ha logrado identificarse con las mejores marcas, sino que logró que las mejores marcas paguen fortuna por identificarse con él: Smirnoff, Finlandia y Bollinger en el rango de las bebidas, Phillips y Sony en los electrodomésticos, Dunhill en los gemelos y encendedores. 007 se relaciona con el buen estilo de vida, se dis