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Bond, más allá del horizonte - por NICOLÁS SUSZCZYK

En 1961, el astronauta ruso Yuri Gagarin se convierte en el primer hombre en el espacio. En 1969, Neil Armstrong es el primer hombre en llegar a la Luna. Mucho después que estos dos hombres lograran conquistar el espacio en la vida real, el productor Albert R "Cubby" Broccoli, contando en su haber con un director como Lewis Gilbert, un escenógrafo como Ken Adam, y un diseñador de efectos especiales como Derek Meddings, decide que el próximo hombre en el espacio se trate de un personaje de ficció

Moonraker es la tercera novela de Ian Fleming que protagoniza James Bond. En ella, 007 tiene la misión de investigar a un industrial alemán, Hugo Drax, que piensa hacerle una donación a Gran Bretaña: un misil llamado Moonraker ("Rastrillo Lunar" o "Lame-luna"). No obstante, el arma en realidad es una peligrosa bomba con la que piensa volar por los aires Londres.

Tras el éxito mundial de La espía que me amó, que recaudó 185,4 millones de dólares, alentó al productor, a cargo de la franquicia por segunda vez cuando la dupla que formaba con Harry Saltzman se disolvió en 1975, a hacer una espectacular y cara producción con un impresionante despliegue de efectos especiales. Y como el argumento original era un tanto aburrido para una era que lanzó al estrellato a aventuras espaciales como La Guerra de Las Galaxias en 1977, Broccoli decidió redoblar, o triplicar la apuesta proponiéndole al guionista Christopher Wood (el mismo de La espía que me amó), una aventura donde James Bond cruzara el firmamento.

Y así nomás, el guionista obedeció al productor: James Bond (Roger Moore, por cuarta vez) investiga al industrial Hugo Drax (Michael Londsale, que apareció en Munich con Daniel Craig y Mathieu Amalric), en cuyos laboratorios se fabrican los transbordadores de la flota Moonraker, uno de los cuales (cedido a Gran Bretaña) es robado por el mismo Drax, para transportar a su estación espacial a los progenitores de una raza perfecta, y los globos que, al ser lanzados en la atmósfera terreste, lanzarán un gas letal para aniquilar a la población. A Bond no lo acompaña Gala Brand, la mujer policía del libro original, sino una astronauta de la NASA, Holly Goodhead (Lois Chiles, de Nuestros años felices, que tuvo una aparición en Austin Powers: Misterioso Agente Internacional); y a Drax no lo acompaña el misterioso Willy Krebs de la novela, sino el oriental Chang (Toshiro Suga, profesor de Aikido del productor ejecutivo Michael G Wilson) y Jaws (Richard Kiel, el archiconocido villano de La espía que me amó).

Durante estos treinta años, el film ha tenido diversos puntos de vista entre los fans y las críticas. Muchos lo elogian como un film entretenido, divertido y emocionante. Otros creen que carece de seriedad y es demasiado slapstick, empalagoso, cuyos efectos especiales opacan el sentido de la historia. Los disidentes acusan al plan del villano Drax de ridículo, pero otros creen que sus hitlerianas intenciones nunca podrían ser ridículas en un film de Bond.

Más allá de toda la galería de lasers, naves espaciales y explosiones, el objetivo de Hugo Drax es altamente comparable con el del dirigente nazi Adolf Hitler. Si bien Karl Stromberg (Curt Jurgens en el film anterior) estaba obsesionado con una raza maestra bajo el agua destruyendo la "decadente" sociedad causando una guerra nuclear, el plan de Drax es realmente astronómico. Tanto Hitler como Drax parten de la idea de conservar la raza que ellos consideran perfecta (la aria), marginan a los que poseen "defectos" (Hitler creando guetos y campos de concentración para los judíos, Drax enviando a la "nueva raza" a su estación espacial) y hasta el método de ejecución de ambos es mediante el gas, que Hugo Drax quiere lanzar en su propio campo de concentración, el planeta Tierra.

Bond actúa durante el film como un playboy seductor, con frases irónicas, propias de la genialidad que solo Roger Moore, ya con 52 años, podía proveer. La simpatía de Moore, la abundancia de mujeres (más de una aparece para complacer más a la audiencia que al propio Bond) y el regreso del siempre ridículo (aunque querido) Jaws, sumado a la batalla láser espacial son los argumentos que rebajan mucho el argumento del film, dándole grandes toques de comedia.

Ahora, ¿es Moonraker un film condenable por su falta de seriedad?

No. Bond siempre supo adaptarse a los tiempos sin traicionar su esencia, y esa una de las claves de su éxito. ¿Era serio, en 1964, que un rayo laser acosara a Bond? ¿o en 1967 que un villano tenga su guarida en un volcán? Tampoco tiene porque ser serio que 007 pueda repetir las hazañas de Gagarin y Armstrong. Hoy hasta critican la escena de Quantum of Solace en la que Bond y Camille comparten un paracaídas al saltar de un averiado avión (copiada de manera muy irreal a una parte de este film). El objetivo de los films de Bond es entretener a la audiencia. Claro que siempre es más interesante cuando se observa un rastro fuerte de realismo emocional en los personajes (como en GoldenEye, Al Servicio Secreto de Su Majestad, Casino Royale, etc.), pero la saga siempre hace malabares entre lo sustancial y lo espectacular, y en una época donde lo espectacular abundaba, Moonraker no podía quedarse atrás.

Cubby Broccoli siempre defendió su idea, sosteniendo que el argumento de la novela publicada en 1955 no seduciría a la audiencia, mientras que el argumento de Christopher Wood, que antes de enviar a 007 al espacio lo guía en un "tour" por California, Venecia, y Río de Janeiro, entretiene de sobremanera a la audiencia. Lewis Gilbert, un director con una visión descomunal, que estuvo a cargo de las aventuras visualmente más espectaculares de 007, Solo se vive dos veces y La espía que me amó, consideró que no era necesario tomarse el film muy serio, apuntando más a las escenas de acción y a las armas que a la humanización de los personajes. Un razonamiento muchas veces efectivo, pero que fracasa a largo plazo (problema que acarreaban tanto los films de Roger Moore como algunos de la era de Pierce Brosnan). Dicho razonamiento esta vez funcionó, dado que el diseñador de efectos especiales Derek Meddings (y sus colaboradores Paul Wilson y John Evans) fueron nominados para el Oscar y el film recaudó 202 millones de dólares, marca que no fue superada hasta el inicio de la era Brosnan en GoldenEye, de 1995.

Más allá de no seducir a aquellos clásicos aficionados de los días de Sean Connery, más de un espectador sintió un vuelco en el corazón cuando el molesto Jaws empuja a Bond al vacío desde un avión, quedándole como única opción robarle el paracaídas al piloto que despachó antes. Más de un fan sintió tensión al ver a Bond colgando desde el teleférico del Pan de Azúcar, o mientras el agente secreto confiaba en su puntería al destruir con la defectuosa pistola láser del transbordador los globos de gas que Drax logra enviar a la Tierra.

Aunque los productores decidieron que la próxima aventura de James Bond, Sólo para sus ojos, este enmarcada en aspectos más cotidianos del mundo del espionaje, son muchos los bondófilos que concuerdan con que Moonraker es una gran aventura de James Bond, que indirectamente rinde tributo a otras películas muy famosas (se escuchan los temas musicales de Encuentros cercanos del tercer tipo y Los siete magníficos). Pero este decimoprimer capítulo de la serie merece ser analizado como una gran estravaganza espacial, quizá como la astronómica locura del Sr. Broccoli, cuyo afán por llevar a Bond al espacio fue más allá del horizonte y del firmamento, atreviéndose por una vez a ignorar el mandato de Fleming de que Bond "va más alla de lo probable pero no de lo posible".

Lo cierto es que, si el mundo cinematográfico estaba mirando al espacio, James Bond no podía ocultarse en nuestro ignorado planeta Tierra, y en 1979 pudo demostrar que su elegancia, su audacia y su gracia se mantiene intacta en el espacio sideral.

Si Gagarin y Armstrong pudieron llegar al espacio, ¿por qué no James Bond?

Nicolás Suszczyk