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James Bond en su laberinto

La búsqueda existencial del Sr. Bond parece seguir en Quantum of Solace. El título no se puede traducir, o mejor dicho, no es traducido comercialmente en países de habla hispana porque “Cantidad de consuelo” se supone, o suponen los productores que no sería comercial. ¿No es acaso eso más que un prejuicio?

Si Bond llega al punto en el film anterior de querer salvar a quien lo traicionó, su amada Vesper, ignora la estupidez humana que dice “la traición se paga con sangre”, ¿por qué no se puede poner el título en español?

Y ahí anda Bond buscando su destino o su propio yo, vagando por un mundo despiadado al que está acostumbrado, pero al que a la vez pareciera que nunca termina de sorprender. Siempre hay alguna maldad suprema más escondida tras las apariencias humanas.

¿Así era Bond?

Casino Royale, según muchos analistas y críticos de cine, se suponía que era “el renacer de 007, la vuelta al personaje que Ian Fleming había ideado en sus novelas”. Esta idea, si se la analiza en profundidad, suena muy ingrata respecto a la serie entera, que se basó en una especie de fórmula sumamente exitosa salida del genio de Albert R. Broccolli: un villano brillante, humor negro o sutilmente británico, acción inverosímil y matices como chicas hermosas o personajes memorables como los esbirros de los villanos o aliados insólitos (que a veces hasta pertenecían al bando opuesto, como el único general Gogol, un militar ruso con apellido de poeta famoso), gadgets o aparatitos ingeniosos que lo sacaban a Bond de apuros que son la delicia de coleccionistas y autos infaltantes. Digamos que un film 007 era mucho más que la mera suma de todo eso, era como una ceremonia ir al cine a ver un film Bond.

Pues bien. En la entrega 21 de la saga aparece por primera vez Daniel Craig, un actor que nadie hubiera imaginado como candidato a protagonizar al más célebre agente secreto. Posee un gesto adusto, rasgos duros, una mirada rígida, un cuerpo que parece anabolizado y casi nunca sonríe (o nunca, si no es en las fotos de la avant premiére). En Casino Royale, Craig produce todo un hallazgo, el que muchos afirman que es lo que se intentaba rescatar de la esencia del personaje: trata de mostrar un Bond con sentimientos, que no puede evitar enamorarse de alguien que no es más que una traidora: en fin, no puede con su naturaleza humana. Pero claro, mientras tantos es casi una máquina de matar a sangre fría, no tiene miramientos en eliminar a quién fuere y protagoniza escenas de acción avasallantes.

¿Este es Bond?

Entonces, para Bond 22 se esperaba la revelación total, el súmmum de la nueva era Bond. ¿Fue así?

El quid de la cuestión para algunos “expertos” parece ser que este aluvión de acción descontrolada, pocas escenas de sexo, poco humor y poco protagonismo para las chicas Bond, estaría signado por la sombra amenazante de un tal Jason Bourne (las mismas iniciales de 007), un agente norteamericano que arrasa en la taquilla y exhibe en sus películas una acción exacerbada, fuera de control, casi sin sentido. Por eso se plantea si Bond necesita o no (de hecho lo está teniendo) un giro hacia cuestiones más humanas, que tengan que ver con la naturaleza de personajes rescatables, que no queden en el olvido, con líneas de diálogo ingeniosas que saquen a relucir la humanidad de cada uno de los protagonistas. Por ejemplo, aquí el rol del villano Mathieu Amalric podría haber sido más explotado. Pasa casi desapercibido, a pesar de que se advierte un aspecto interesante, una mirada enfermiza y actitudes de psicópata.

Otro punto que se pone en tela de juicio es el argumento: no queda bien en claro. Bond vaga por su interior y por el mundo tratando de vengar la muerte de Vesper pero termina luchando contra la organización Quantum (¿una especie de Espectre?), una pantalla que implica una supuesta organización ecologista que quiere quedarse con el agua de Bolivia. En verdad, aquí los guionistas deberían haberse informado algo más y saber que el fuerte de Bolivia es el gas, y que si Quantum quería quedarse con agua dulce y en abundancia debería haber venido a Argentina.

Bond sublime

Casi nadie, o nadie, señalan en las crónicas o críticas del film que la escena más sublime que se ve en el film no tiene que ver ni con la violencia, ni con el sexo, ni con la relación de Bond con las mujeres. Poco menos con los autos ni las persecuciones y los supuestos planos que recuerdan a otros films antológicos de la serie: la escena “más jugada” y más sublime es cuando Bond sostiene en sus brazos al supuesto doble agente aliado de Le Chifre en Casino Royale Rene Mathis, quien mientras agoniza le pide a 007 que lo abrace, porque “así se siente mejor…”. El duro rostro de Bond-Craig parece conmovido.

Así es este nuevo Bond. Un torbellino de acción y muerte a mansalva muchas veces sin estilo ni gracia. Pero por momentos parece querer asomar ese rasgo de humanismo que a Mr. Bond le resulta hasta pudoroso poner en evidencia, aunque cada vez menos…

M.Virginia Sánchez