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Bond 2011: tres guionistas, dos caminos - por NICOLÁS SUSZCZYK

Los aficionados a James Bond no siguen la serie solo por la figura del protagonista. Los que hoy lo hacen se volvieron admiradores por un conjunto de elementos que siempre caracterizaron a la serie: las escenas de acción, la elegancia, las bellas mujeres, los exóticos parajes universales, y demás tópicos.

En 1962, estos elementos formaban parte del modus operandi del dúo de productores Albert Broccoli y Harry Saltzman, que plasmaron en el film Dr. No. Éste primer film de la serie, junto con De Rusia con Amor, la producción que continuó la serie, tenían matices de seriedad con una gran fidelidad a la obra de Ian Fleming, el creador de Bond, que veía a su agente secreto como un hombre rudo, pero a la vez refinado, características que no poseía Sean Connery, el protagonista de la serie. El escocés era bastante rudo, pero carecía de la elegancia que actores como David Niven y James Mason (favoritos del autor) transmitían en la pantalla. No obstante, el director de estas dos producciones, Terence Young, tuvo la maestría de refinar a Connery hasta el punto de mezclar en él la rudeza, ironía y elegancia que caracterizaron sus siete películas oficiales como James Bond.

La selección de actor fue una de las primeras discrepancias entre los productores y el autor. Este último sólo llegó a vivir hasta 1964, pero varias veces recalcó su aceptación hacia el actor escocés y la serie fílmica, aunque se sintió en un principio disgustado con la adaptación fílmica de su sexta novela, Dr. No., aunque de visita en el rodaje de el segundo film de la serie, De Rusia con Amor, su obra publicada en 1957, expresó en un informe escrito en tercera persona que pronosticaba que el resultado final sería positivo. Pero las diferencias entre Ian Fleming y el dúo Broccoli/Saltzman no salían a la luz, y ni siquiera se sabe si alguna vez fueron discutidas. Pero en pantalla se demuestra que son pocas las adaptaciones fílmicas que siguen la prosa del autor inglés al pie de la letra.

A la izquierda, Sean Connery. A la derecha, una escena de Goldfinger, de 1964.

1964 supuso el estreno de Goldfinger en las carteleras mundiales y el guionista Richard Maibaum se permitió aligerar un poco la seriedad de la saga, tal vez alentado por la llegada de un director más quijotesco, el parisino Guy Hamilton. Esta fue la primera vez en la serie que un guionista y un director obedecieron más la visión de los productores que del propio Fleming. El film, que hoy día es por unanimidad el más popular de la serie, nos mostraba a un Bond mujeriego, irónico, que manejaba un automóvil Aston Martin plateado que podía evadir (o aniquilar) a sus perseguidores con apretar un par de botones en la guantera. Brillaron también los personajes de Q, el iracundo armero del Servicio Secreto, y Moneypenny, la enamoradiza secretaria. El primero era creación de los productores basado en un personaje de las novelas, el segundo personaje aparecía brevemente en los libros.

La serie siguió con ideas más cercanas al ya fallecido Fleming (Al Servicio Secreto de Su Majestad, Sólo Para sus Ojos, Su Nombre es Peligro) y otras más cercanas a la visión espectacular de Broccoli (Sólo Se Vive Dos Veces, Los Diamantes son Eternos, Moonraker, Otro Día Para Morir). Hasta que en 2006 llegó Casino Royale y llegó la hora de volver a las fuentes de Ian Fleming: menos gadgets, más humanización de personajes, una historia más substancial, y un clima mucho más noir que los veinte films anteriores.

Los guionistas de Casino Royale, Neal Purvis y Robert Wade, que se integraron en la serie desde El Mundo no Basta, tuvieron la misión de crear el renacimiento de Bond, teniendo que hacer caso omiso de las reglas doradas narrativas de Broccoli que los films siguieron desde Dr. No hasta Otro Día Para Morir. El dúo logró una buena y bastante cercana adaptación (o modernización) del best seller de 1953, es especial gracias a la colaboración de Paul Haggis, que profundizó el dramatismo en la trama, como muy bien lo había logrado en un film anterior, Million Dolar Baby.

Otro Día Para Morir fue evidencia de que Purvis y Wade no pueden solos, y sus ideas son muy efectivas cuando un tercero se encarga de darle una última revisión al guión. En El Mundo no Basta contaron con la ayuda de Bruce Feirstein, que logró darle más protagonismo a Bond, y en Casino Royale de Paul Haggis, que, como ya hemos dicho, enfatizó los rasgos más humanos en los personajes. Los cambios en el film fueron más allá de dejar de lado los gadgets y la pirotecnia: iniciar el film en blanco y negro, unir el gunbarrel con los títulos de crédito, olvidar todo lo acontecido en los veinte episodios anteriores, y cerrar la trama con un final abierto que se ganó sus buenos aplausos en las salas de cine.

El trabajo en conjunto entre el trío Purvis/Wade/Haggis y el director Martin Campbell fue clave para convertir a Casino Royale en un film muy apreciado que se gana los primeros puestos en la escala de los fans de Bond alrededor del mundo. No ocurrió lo mismo con su secuela, Quantum of Solace. El segundo film que protagonizó Daniel Craig como James Bond tenía como finalidad atar los cabos que se habían abierto en el film anterior. Los productores herederos Michael G Wilson y Barbara Broccoli contaban nuevamente con el trío de guionistas, pero esta vez Campbell dejó la silla del director y la ocupó un realizador bastante inexperto en films de acción, el alemán Marc Forster. El guión tampoco fue del todo efectivo, particularmente porque Haggis esta vez se ocupó mayoritariamente del guión y no actuó en calidad de perfeccionador del texto.

Casino Royale (2006, izquierda) y Quantum of Solace (2008, derecha) se alejaron casi de manera radical a la fórmula de la serie.

Tanto Forster como los guinistas se vieron en una distyuntiva: seguir con una idea al Bond de Casino Royale, o volver al Bond "pochoclero" e irónico que duró veinte films. Esto se evidencia con claridad en el film, donde por un lado vemos faltas a la fórmula (el gunbarrel se ubica - sin sentido alguno - al final del film, un Bond que usa pocos artilugios, etc.), pero por el otro vemos situaciones sacadas de otros films (Fields muere bañada en petróleo, la caída libre de un avión entre Bond y Camille, 007 arrojando a un matón desde un edificio, etc.). Purvis, Wade y Haggis fallan por no darle la suficiente profundidad a un argumento interesante, y Forster por no objetar errores que un director con la experiencia de Campbell hubiera hecho.

El regreso de James Bond se pronostica ahora para el 2011. El guión de la aventura número veintitrés esta a cargo de Neal Purvis y Robert Wade, y recientemente se anunció a Peter Morgan para colaborar en la historia.

Bond 23 será un film clave en esta nueva generación bondiana: definirá el el rumbo que seguirá la serie de ahora en adelante. Puede seguir una idea más cercana a Ian Fleming, con un argumento fiel a las novelas, como lo fue Casino Royale, o una línea más relajada y espectacularizada, orientada a la visión de Albert Broccoli. La elección de Peter Morgan supone, a juzgar por su excepcional trabajo en La Reina, el regreso del típico humor inglés que caracterizó a la serie allá por la década del '60 y del '70, muy extrañado en los últimos films, particularmente Quantum of Solace, americanizado por el excesivo protagonismo de Haggis en el material literario.

¿Tendremos el preciado gunbarrel al principio del film? ¿Tendremos escenas de acción perfectamente coreografiadas? ¿Vuelven Q y Moneypenny? Muchas preguntas aquejan a los fans de Bond dos años antes del estreno de una nueva aventura. Rumores circularon por la web señalando al actor británico Michael Sheen (intérprete de Tony Blair en La Reina) en el rol de Ernst Stavro Blofeld, el lider de SPECTRE. ¿Se atreverán los productores Broccoli y Wilson a autorizar el regreso del hombre del gato, ya fallecido McClory? ¿Le dejarán a este nuevo Bond vengar la muerte de la mujer que desposó en otra vida? ¿Surge una coalición entre Quantum y SPECTRE? O, en el caso más probable, todo esto no es ni más ni menos que un rumor que surge en la red cibernética que todos apropiamos, la Internet.

Neal Purvis y Robert Wade